De héroes y villanos

Anoche, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas viendo las imágenes del atentado terrorista en París, me preguntaba lo mismo que muchos. ¿Qué sentido tiene cometer un atentado suicida? ¿Cómo es capaz alguien de hacer semejante acto de maldad? ¿Son personas “normales”, o están locos?

Sin embargo, hoy, tras unas cuantas horas de insomnio, y otras tantas de descanso, veo las cosas de forma algo distinta.

En primer lugar, ¿qué es, al fin y al cabo, un terrorista suicida? Si lo miramos con algo de perspectiva, no es más que un arma. Tal vez no tan tecnológica como un dron o una bomba guiada por láser, pero es un método efectivo para un atacante con pocos recursos. A día de hoy, ninguna máquina militar es tan precisa e inteligente como lo es un ser humano. Además, no debemos subestimar el efecto psicológico que provoca.

Por tanto, si vemos al terrorista como arma, deberíamos preguntarnos quién las maneja. Cuando un ejército lanza un misil contra la población civil , como está ocurriendo en estos momentos en lugares como Siria, no nos preguntamos qué motivos tiene el cohete. Ni siquiera nos planteamos qué siente el soldado que pulsa el botón de lanzamiento. Sabemos que actúa cumpliendo órdenes, y con eso justificamos su acto.
El responsable último del lanzamiento de un misil es el gobernante que dirige el país agresor. Así, Rusia está bombardeando Siria porque tiene intereses estratégicos y económicos. Estados Unidos y sus aliados, por la misma razón. El actual dictador de Siria bombardea porque no quiere perder el poder, y sus opositores, porque quieren arrebatárselo.
Ningún dirigente de ninguno de los grupos en conflicto tiene entre sus objetivos imponer la democracia o defender a la población. Todos tienen sus propios intereses económicos y políticos. Los civiles no somos la prioridad. Nunca lo fuimos. Nunca lo seremos.

Pero esto no responde las otras dos preguntas. Esas personas, esos muchachos, ¿Son malvados? ¿Están locos?
En realidad, los terroristas suicidas nos parecen locos porque nos atacan a nosotros. En las películas de guerra, en las de ciencia ficción, en las de fantasía, incluso en las noticias, a menudo el protagonista es un miembro de la resistencia.
Un pequeño núcleo de valientes trata de luchar contra un enemigo malvado y poderoso. Y qué mayor acto de valor que sacrificar la propia vida por el bien del pueblo oprimido. Aquí les llamamos héroes. Allí también.

Nuestra cultura popular está fuertemente influida por la figura del héroe. Todo nos lleva a desear que en el mundo haya líderes y héroes.

Sin embargo, el mundo real no es tan épico. Los líderes suelen ser personas ególatras y sin sentimientos dispuestos a sacrificar a cualquiera para conseguir sus objetivos, mantener sus privilegios, y demostrar que tienen razón.
Los héroes acostumbran a ser jóvenes estúpidos con más músculo que cerebro, que prefieren actuar a pensar. Y no hay mejor lugar para evitar la necesidad  de pensar por uno mismo que en las filas de una organización (ya sea un ejército, ya sea un grupo de resistencia) que le va a decir en todo momento qué hacer, y le va a ofrecer una explicación poética e ingenua de sus actos, por muy terribles que estos sean. Dios, Patria, Democracia… es muy fácil aludir a algo intangible e importante para manipular a alguien con poco pensamiento crítico.
¿Recuerdas la película First Blood (En España, Acorralado)? El protagonista, John Rambo, es un súper soldado de operaciones especiales que ha vuelto del frente. En el campo de batalla es alguien temido y respetado, alguien poderoso. Pero en la vida real, ¿para qué sirven sus cualidades? Es un asesino profesional, alguien que matará a quien le digan que mate, sin dudas, sin preguntas. ¿Querrías a un tipo así en tu barrio?

Al final, todos, agresores y agredidos, somos fichas de un juego macabro que se juega en despachos. Un juego complicado que probablemente nuestros políticos también se ven obligados a jugar. No voy a tachar a todos ellos de psicópatas. Algunos solo son personas egoístas y ambiciosas que, en un momento determinado, no tienen más remedio que seguir las reglas del juego. Posiblemente el sistema se alimenta a sí mismo, y está en nuestra naturaleza manipularnos los unos a los otros. Si ahora Francia no decidiese “contraatacar”, sus propios ciudadanos se lo exigirían. Y,  como dijo Gandhi, “ojo por ojo y todos terminaremos ciegos”.

En el día de hoy, como en todos los demás días, puedes elegir estar del lado de los que sufren el daño, o del lado de los que lo provocan. Pero que no te engañen. Esto no es una guerra entre occidentales contra musulmanes, esto es una guerra entre psicópatas con corbata y psicópatas con chilaba, y nosotros solo somos carne para sus máquinas de matar. Carne para hacer las balas, carne para dispararlas, y carne para recibirlas. Y, sobre todo, carne para pagarlas.

Hablen árabe o francés, hoy tenemos que estar con los inocentes, con los que sufren.

Dicen que todos somos culpables. Yo digo que todos somos víctimas.

Deja un comentario