La reciente desaparición de Luciano Pavarotti me sirve de excusa para reflexionar sobre el talento. A menudo, ante la aparición de una estrella, el talento de su descubridor para encontrarla y crear las condiciones necesarias para que desarrolle su don resulta tan importante como las capacidades del propio sujeto. En el caso de Pavarotti, fue su propio padre; para otros, lo es un maestro o un cazatalentos profesional.
Tan vital es contar con una figura de apoyo (“nadie es una isla en sí mismo…”) como evitar que nos afecte el juicio de los presuntos “expertos”, profesionales de la mediocridad que —entre su miedo a ayudar a gente que creen más dotada que ellos mismos y su deseo de mantener el status quo— constituyen un verdadero antídoto para el talento y la genialidad. En el fondo, todas estas actitudes no reflejan otra cosa que una profunda inseguridad. Pero escribiré de estas personas en otro post. Hoy quiero escribir sobre esas personas que marcan el destino de un genio.
Se trata, en mi opinión, de una tarea dificilísima. La línea que separa al mentor que favorece el desarrollo de las capacidades de una persona (muchas veces desde su infancia) del dictador que obliga a alguien en situación de inferioridad a cumplir los sueños proyectados de otro, es muy débil. Extremadamente débil.
Si alguien obliga a un niño a trabajar doce horas en una mina de carbón para subsistir, nos echamos las manos a la cabeza; pero cuando alguien somete a su hijo a horas de entrenamiento sin tregua para obtener una medalla o ser el primero de su clase, lo vemos como un padre abnegado.
Todos deseamos que nuestros hijos tengan una vida exitosa. Pero ¿es lícito inculcarles nuestras obsesiones, nuestros sueños? ¿Queremos hijos con éxito o hijos con una vida feliz? ¿Quién tiene derecho a arrebatarle su infancia a un niño? Para una mente observadora, pocas personas carecen de talento. Una sociedad que prima a una persona que corre tras una pelota frente a una que dedica su vida a ayudar a sus semejantes no puede quejarse luego de la falta de valores de sus individuos.
Como dije al principio del post, tan sólo planteo la reflexión. No tengo recetas y no puedo criticar a quien encuentra su vocación desde bien pequeño. Pero creo que “citius, altius, fortius” no es mejor que “cooperatio, aequans, amare”.
Si a estas alturas se está preguntando sobre el título del post, le diré que se trata de una de las estrofas de “Una Furtiva Lágrima”, la preciosa aria de Donizetti que inmortalizó como nadie (o casi) Luciano Pavarotti. Pertenece a la ópera L’elisir d’amore. Pavarotti nos ha dejado en este año aciago, pero su obra permanecerá mientras exista la música.
Aquí tienes el texto de la famosa aria de Donizetti con la codificación corregida, tanto en su italiano original como en tu traducción al castellano:
Una furtiva lagrima
(L’elisir d’amore)
Una furtiva lagrima negli occhi suoi spuntò,
quelle festose giovani invidiar sembrò.
Che più cercando io vo?
Che más cercando io vo?
M’ama, sì, m’ama, lo vedo, lo vedo!
Un solo istante i palpiti del suo bel cor sentir!
I miei sospir confondere per poco ai suoi sospir!
I palpiti, i palpiti sentir, confondere i miei coi suoi sospir!
Cielo, si può morir…! Di più non chiedo, non chiedo.
Ah! Cielo, si può, si può morir…!
Di più non chiedo, non chiedo.
Si può morir… Si può morir d’amor!
Nemorino (Traducción)
Una furtiva lágrima en sus ojos despuntó,
a aquellas alegres jóvenes envidiar pareció.
¿Qué más buscando voy?
¿Qué más buscando voy?
Me ama, sí, me ama, lo veo, lo veo.
¡Un solo instante los latidos de su hermoso corazón sentir!
Mis suspiros confundir por poco con sus suspiros.
Los latidos, los latidos sentir, ¡confundir los míos con sus suspiros!
¡Cielos, se puede morir…! No pido más, no pido.
¡Ah! ¡Cielos, se puede, se puede morir…! No pido más, no pido.
Se puede morir… ¡Se puede morir de amor!
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